viernes, 21 de agosto de 2009

El infinito reposo

El Infinito Reposo era un lugar tranquilo, tal y como indicaba su nombre. Estaba situado en medio de un frondoso bosque de eucaliptos. Poseía un amplio jardín, con un paseo bordeado de exuberantes rosales y bancos situados al pie de algunos sauces desconsolados, que dividía un complicado laberinto de setos. Al final del jardín se situaba lo que en otros tiempos fue una espléndida piscina, pero que ahora sólo era un agujero vacío lleno de hojarasca.

El Infinito reposo había sido en su época dorada un balneario de los más famosos y selectos de Europa. Pero llegaron los malos tiempos y fue perdiendo aquel esplendor hasta cubrirse de gris olvido.

Cuando Antara llego, en el balneario apenas había doce personas entre personal y huéspedes. Antara buscaba “paz” y tranquilidad, que era lo que se escondía tras las columnas de la entrada del edificio principal. Buscaba un lugar donde el paso del tiempo no la turbara, donde tampoco nadie hiciera preguntas ni molestase.

Pero después de varios días, descubrió que era insoportable permanecer en un lugar tan silencioso y pacifico. Ella ansiaba hablar, contar su dolor a alguien, que la pena saliese y la “paz” del lugar la empezaba a trastocarla y una idea iba creciendo en su mente…

Cada vez que se miraba en el espejo, una vocecita salía de su cerebro, una vocecita que suplicaba: “Acaba de una vez con todas con ese suplicio”. Pero no tenía valor para hacerlo.

Con cada intento su autoestima bajaba por momentos.

Antara llevaba días sin salir de la habitación, sin comer, ni levantarse de la cama torturándose una y otra vez recordando el accidente. Se veía en el café sentada, esperando a que él llegara, mirando por el cristal. Viéndolo al otro lado sonriéndole, cruzando la calle y siendo arrollado por aquel camión y ella arrodillada a su lado, llorando y oyendo sus últimas palabras “Te quiero”. Esa escena se le repetía una y otra vez. Sus palabras le martilleaban en el cerebro, las oía sin cesar”Te quiero”, esas dos palabras obsesivas y una mirada perdida, dolorida y anhelante, que le partía el corazón, un poco más cada vez que la recordaba. Estaba al borde de la locura y la vocecita cada vez tenia más fuerza, “hazlo” decía una y otra vez entremezclándose con su “Te quiero”.

Se levanto, se ducho y peino su largo pelo. Se puso su vestido favorito y escribió unas líneas en las que exculpaba a todo el mundo. Y se corto las venas. A medida que la sangre fluía roja y espesa, la paz la embargaba y cada vez su figura se hacia mas clara. Cuando las últimas gotas cayeron, lo vio claramente y lo último en oír fue “Te quiero”.

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